Quien ha criado vermes de seda conoce la espera sigilosa entre una muda y otra, el sonido prácticamente inapreciable de las mandíbulas y la rapidez con que se vacía una caja llena de hojas. La nutrición es el eje de todo el ciclo, y acertar con la dieta no solo mejora el desarrollo, asimismo reduce mortalidad, evita enfermedades y da sitio a capullos densos y parejos. Aquí comparto información basada en experiencia de cría doméstica y semiprofesional, además de criterios usados en sericultura tradicional, para entender qué comen los gusanos de seda, por qué, y cuáles son las alternativas seguras cuando la morera falta.
Por qué la morera es la base
El verme de seda familiar, Bombyx mori, es un especialista. Su fisiología está adaptada a metabolizar los compuestos de la hoja de morera (Morus spp.), con preferencia por Morus alba y, en menor medida, M. rubra y M. nigra. La morera aporta el balance de agua, carbohidratos solubles y proteína vegetal que el insecto aprovecha con gran eficiencia. Asimismo contiene factores secundarios que no lo dañan en las dosis presentes en hojas tiernas, algo que no ocurre con muchas otras plantas.
Los criadores lo ven a simple vista: con morera fresca, las larvas medran de manera uniforme y sigilosa, dejan heces compactas y secas, y mudan sin incidentes. Con sustitutos, aun los bien formulados, el crecimiento puede volverse dispar, y el color del excremento cambia, lo que delata una digestión diferente. Hay líneas de Bombyx más amoldables, mas en general la morera marca la diferencia entre una temporada apacible y una carrera de obstáculos.
Historia en miniatura: de la hoja al capullo
La sericultura nació en China hace más de tres milenios, y a lo largo de siglos la domesticación de la morera y del verme avanzó a la par. Se seleccionaron árboles con brotación rebosante, hojas grandes y tiernas, y se amoldaron calendarios agrícolas para acompasar brotes con eclosión de huevos. En tratados antiguos se describe, con precisión prácticamente agrícola, cuándo recortar, de qué forma sostener frescas las hojas, y de qué tamaño de nervadura prescindir conforme el estadio larvario.
Esa coevolución cultural explica por qué, cuando se pregunta por información sobre gusanos de seda, todo camino conduce a la morera. Los beneficios de los vermes de seda para comunidades rurales, tanto por la seda como por subproductos (pupas para alimentación animal, abono, aceite), se sostienen en la disponibilidad segura y constante de hojas. En proyectos de sericultura comunitaria en el Mediterráneo, he visto cómo huertos con diez a 20 moreras, bien manejadas, mantienen 8 a 12 cajas de cría por temporada sin estrés hídrico ni traslados.
Qué comen los vermes de seda en todos y cada fase
Las larvas pasan por 5 estadios larvarios, separados por mudas. Su apetito y la manera de recortar la hoja cambian, y es conveniente ajustarse a ese ritmo. La mayoría de criadores coincide en una pauta que funciona:
- Estadio 1 y 2: brotes tiernos, hojas pequeñas o porciones finísimas, con nervadura central retirada. Las hojas demasiado maduras se rechazan o se desperdician. Humedad alta, pero sin condensación. Estadio 3: hojas medianas cortadas en tiras de 1 a dos cm. Aumenta la ración diaria y la ventilación. Estadio cuatro y 5: hojas completas o medias hojas, preferiblemente de mitad superior del árbol, con gran superficie laminosa. Se acrecienta el volteo de restos.
Esta lista cubre el ajuste fino de hoja por estadio, que puede consultarse de una ojeada. El resto de decisiones es conveniente razonarlas en texto.
En términos de cantidades, una caja familiar con 200 a doscientos cincuenta larvas puede consumir entre 6 y 8 kilos de hojas a lo largo del ciclo. La mayor parte se concentra en el cuarto y quinto estadios. Si uno no planea el abastecimiento, el último tramo obliga a cortar un par de veces al día. En una primavera templada, una morera adulta puede aportar 1 a tres kilogramos de hoja aprovechable a la semana sin llegar a defoliarse en demasía, siempre y cuando se roten ramas y se permita rebrote.
Cómo seleccionar y cortar la morera
La hoja ideal nace en ramas bien expuestas y de crecimiento del año. Se prefiere cortar a media mañana, cuando la transpiración nocturna se equilibró y la hoja no está sobresaturada comprar gusanos de seda de rocío. El corte con tijera limpia, seguido de un sacudido suave para quitar polvo e insectos, reduce sorpresas. Los nervios gruesos resultan poco asimilables para larvas jóvenes, por lo que se retiran a mano a lo largo de las primeras semanas.
La pluralidad importa menos que la lozanía y edad de la hoja. M. alba suele dar hojas más blandas y grandes, lo que facilita el corte y reduce residuo. En tiempos cálidos, la hoja adquiere textura coriácea si la planta pasa sed, y las larvas la mastican a disgusto. He visto cajas enteras preferir hojas a la sombra de un muro ya antes que las radiantes del mismo árbol. No es capricho: el contenido de agua y el perfil de azúcares cambia. Un riego ligero en la tarde anterior mejora de forma notable la palatabilidad.
Mantener un banco de ramas cortadas en un balde con agua, con los extremos sumergidos, ayuda a conservar turgencia por doce a 24 horas. Nunca cubrir con bolsas sin ventilación, por el hecho de que el calor acumulado activa hongos. En ambientes secos, envolver las ramas con un paño húmedo deja una reserva de urgencia si el tiempo impide salir a recortar.

Higiene y manejo del comedero
El comestible perfecto se estropea si el ambiente favorece patógenos. El excremento húmedo y la hoja parcialmente marchita nutren mohos, y el verme de seda no tolera bien las toxinas fúngicas. En la práctica, mejoran los resultados cuando se alterna la nutrición con limpiezas superficiales y volteos. En la fase joven, retirar restos una vez al día basta; desde el tercer estadio, conviene hacerlo dos veces, coincidiendo con las comidas principales.
Un detalle que se aprende a los tropiezos: no montar una corriente de aire directa sobre la caja. La ventilación cruzada y suave seca la superficie de la cama sin enfriar a las larvas, que son sensibles a cambios bruscos. Un exceso de sequedad hace que muerdan menos hoja y tomen agua de la superficie, lo que deja charcos microscópicos que facilitan contaminación.
El agua libre no se ofrece. La hidratación proviene de la hoja fresca. Si se corta hoja que ha perdido turgencia, muchos criadores intentan pulverizar; esa humedad superficial invita a esporas y no solventa el inconveniente de fondo. Mejor cambiar la fuente por hojas recién cortadas o rehidratar ramas como se describió.
Alternativas cuando falta morera
La pregunta aparece todos y cada uno de los años: y si no hay morera, qué comen los vermes de seda. En crianzas tradicionales la contestación era sencilla: se pausaba el ciclo o se preservaban huevos hasta acompasar con el rebrote. Con líneas modernas y objetivos educativos o de producción continua, entran en juego sustitutos.
El único substituto ampliamente ratificado es el alimento artificial formulado a base de harina de hoja de morera. Viene en polvo o en bloques que se reconstituyen con agua y calor. Cuando se prepara y maneja bien, el crecimiento es correcto, si bien el fragancia y la consistencia del excremento cambian. La clave está en:
- Preparar raciones pequeñas y frescas, con cocción exacta para gelatinizar sin abrasar. Un termómetro de cocina evita pasarse. Enfriar en bandejas finas para que cuaje rápido, y recortar en tiras. El bloque grueso se humedece en exceso por la parte interior. Mantener una rutina rigurosa de higiene de utensilios. Cualquier resto en el cazo fermenta y contamina el próximo lote.
Fuera del comestible elaborado, hay tentaciones que es conveniente frenar. Ciertos aficionados cuentan que probaron hojas de lechuga o morera de papel (Broussonetia papyrifera). Aunque existen reportes de ingestión eventual, el resultado suele ser menor crecimiento, diarrea y más mortalidad. Las hojas de lechuga aportan agua pero poquísima proteína y minerales con relación a la necesidad del insecto. Broussonetia, pariente de la morera, tiene compuestos que no siempre y en todo momento resultan benignos para todas y cada una de las líneas de Bombyx. El riesgo supera el beneficio en manos no expertas.
En situaciones de investigación, se han utilizado dietas con otras moráceas o suplementos de proteína vegetal. Estas preparaciones se prueban en condiciones controladas y con cepas adaptadas. Llevar esas fórmulas a una caja doméstica, sin control de humedad, microbiota y temperatura, es solicitar problemas.
Calendario práctico de alimentación
Sin gusanos de seda listas largas, merece la pena trazar un ritmo. Las larvas recién nacidas se alimentan cada pocas horas con cantidades mínimas y hoja suave. Al segundo estadio ya pueden lidiar con tiras un poco mayores y se espacian las comidas a 3 veces al día. En el tercer estadio es conveniente acrecentar volumen y reducir mano: una o dos raciones grandes con seguimiento. En cuarto y quinto, la caja se transforma en una máquina de procesar hoja. 3 raciones al día, porciones extensas y una limpieza concurrente sostienen el avance parejo.
Hay días de muda en los que no se debe insistir. Cuando la larva adopta un tono apagado, se queda quieta y asoma la cabeza como si mirara al vacío, está en pre-muda. Ofrecer alimento en demasía en ese momento solo ensucia. Dejar la caja sosegada, con ventilación estable, acelera la transición. Cuando se reactive, el hambre vuelve fuertemente.
Señales que indican que algo va mal
El comportamiento comunica. Larvas dispersas por la caja, trepando paredes, acostumbran a apuntar calor, falta de ventilación o falta de hoja fresca. Una masa apiñada sobre un punto húmedo, en cambio, sugiere que buscan agua o evitan una corriente de aire. El excremento pastoso y refulgente habla de hoja envejecida o polución. En cualquiera de esos casos, el paso inicial es repasar la fuente de hojas y el microclima.
El fragancia también alarma. Un aroma ácido o dulzón, ajeno al verde de la morera, apunta a fermentación. Cuando aparece, retirar alimento restante, limpiar con papel seco el fondo y ventilar soluciona la mayor parte de eventos si se actúa pronto. Si se observan larvas translúcidas y flácidas, con máculas, hay que aislar la caja y extremar higiene. Los patógenos más comunes se esparcen por restos húmedos.
Beneficios y responsabilidad en la cría
Quien se aproxima por curiosidad buscando información sobre vermes de seda descubre pronto que no es solo un pasatiempo. La crianza enseña paciencia, disciplina de limpieza y sensibilidad al tiempo. Para escuelas y familias, las ventajas de los vermes de seda incluyen aprendizaje tangible de ciclos biológicos, conciencia del origen de materiales y, en ciertos casos, pequeños emprendimientos de seda cruda para artesanía. En zonas con tradición, las moreras ordenan el paisaje y ofrecen sombra, fruta y biomasa útil.
Esa misma utilidad demanda responsabilidad. Comprar huevos o larvas implica planear comestible para 6 a 8 semanas, no para dos. Si la morera del distrito se poda justo cuando arranca el quinto estadio, toca improvisar, y pocas cosas agobian más a un criador que ver a sus larvas escarbando en hojas secas. Por eso, ya antes de incubar, conviene pasear la zona, contar árboles, solicitar permiso a vecinos y calcular el volumen libre. En ocasiones la mejor decisión es esperar un mes para sincronizar con un rebrote fuerte.
Almacenamiento a corto plazo de hoja
Siempre aparece el interrogante de si se puede guardar hojas múltiples días. Con morera, el tiempo juega en contra. A temperatura entorno, la hoja pierde turgencia en horas. En refrigerador, dentro de una bolsa perforada y con un paño levemente húmedo, puede sostenerse veinticuatro a 48 horas aceptables. No más. Al tercer día, si bien conserve color, padece cambios que las larvas advierten. La salvedad es trabajar con ramas completas y mantenerlas como se mentó, en agua, bajo sombra fresca. Así se alarga la disponibilidad con menos mengua.
Un truco útil en veranos secos consiste en recolectar al anochecer, cuando la planta recobró agua, y ofrecer una parte de esa recolección por la mañana. La diferencia en mordida es notable frente a hojas cortadas al mediodía.
¿Se puede enriquecer la dieta?
La tentación de progresar la hoja con suplementos surje con los que piensan en capullos más grandes o seda de mejor calidad. En práctica familiar, agregar polvos, vitaminas o rociados sobre la hoja no mejora los resultados y sí acrecienta el riesgo. El verme asimila una fracción de lo que come con procesos enzimáticos específicos; lo que no reconoce, lo arrastra en sus heces o le altera el equilibrio microbiano. En crianzas experimentales se han probado aminoácidos o micronutrientes, pero bajo control estricto. Para el criador común, la vía segura es optimar lozanía, corte, higiene y microclima.
Microclima y consistencia de la ración
La comida no actúa apartada del entorno. Temperaturas de veintitres a 26 grados y humedad relativa moderada favorecen un hambre incesante. Bajo 20, el ritmo digestible baja y la hoja queda sin comer más tiempo, lo que aumenta el peligro de manchas y moho. Sobre veintiocho, las larvas se agobian y comen a trompicones. Si no se puede supervisar el tiempo con precisión, ajustar la frecuencia y tamaño de ración compensa una parte del problema: porciones más pequeñas, más usuales, se secan menos y se aprovechan mejor.
La consistencia es el otro pilar. Los cambios bruscos de tipo de hoja, de sección del árbol o del alimento artificial a la morera, generan rechazos temporales. Cuando se deba alternar, hacerlo escalonado. Un día se introduce un 20 por ciento de la nueva fuente, al siguiente un cuarenta, hasta completar. Las líneas más obedientes lo admiten sin drama; otras necesitan más tiempo.
Qué evitar: plantas riesgosas y mitos persistentes
Cada temporada circulan recomendaciones bien intencionadas y equivocadas. La más extendida: “si no hay morera, la lechuga sirve”. No sirve como dieta base. Puede salvar una noche, a costa de digestión floja y cama mojada, pero al tercer día se multiplican los problemas. Otra: “la mora negra es igual a la blanca”. No precisamente. Si bien ambas sean moreras, hay diferencias de textura y de temporada de brote. La M. nigra tiende a aflorar después y endurecer pronto su hoja. En lugares donde solo abunda M. nigra, se puede trabajar con cortes más tempranos, y escoger el tercio superior de la canopia, donde las hojas suelen ser más tiernas.
El uso de hojas lavadas con limpiador o con vinagre para “desinfectar” es un error. La superficie cerosa de la hoja se altera, y los restos dañan a las larvas. Mejor seleccionar y descartar hojas con máculas o insectos a simple vista. Si se detectan pulgones, es preferible recortar de otra rama o de otro árbol. El gusano es sensible a todo cuanto se arrastra sobre su comestible.
De la dieta al capullo: calidad que se palpa
La dieta afecta a el capullo con una claridad que sorprende a quien desenreda por vez primera. Hojas tiernas, regulares, y un ambiente limpio dan capullos densos, con una transición uniforme de color y textura. En la mano se sienten pesados para su tamaño. Con alimentaciones inseguras o desorganizadas, aparecen capullos ligeros, con capas heterogéneas y aberturas irregulares. La devanabilidad se resiente: el hilo se corta más de forma frecuente y el rendimiento cae.
He visto líneas que, tras una crianza a base de comestible artificial a lo largo de los 3 primeros estadios y morera fresca en los dos últimos, generan capullos de forma perfecta aptos para hilado artesanal. Ese enfoque mixto, cuando hay dificultades logísticas al comienzo de la primavera, marcha si se respeta una transición gradual y se mantiene limpieza rigurosa. No es la solución para todos, mas es un recurso válido.
Ética de recolección y respeto al árbol
La exuberancia de moreras urbanas invita al tijeretazo impulsivo. Conviene pedir permiso cuando es en arbolado particular, y aprender a recortar sin comprometer la estructura. Cortes inclinados, distanciados del tronco primordial, y sin deshojar una rama entera asisten a la salud del árbol y aseguran rebrote. En avenidas con tráfico, evitar árboles junto a la calzada reduce la exposición a polvo y contaminantes. Un árbol en patio interior o parque ofrece hojas más limpias y, de manera frecuente, más tiernas por menor exposición al viento.
En huertos propios, una poda de capacitación al final del invierno, para fomentar brotes bajos y accesibles, facilita toda la temporada. Un árbol con copa alta puede dar mucha hoja, pero el acceso se vuelve peligroso, y uno termina cortando lo más simple en vez de lo mejor.
Cierre práctico
La dieta del verme de seda no acepta atajos mágicos. Morera fresca, de buena calidad, cortada y ofrecida con atención al estadio y al clima, es el estándar que sostiene una cría sana. El comestible artificial con base de morera puede ayudar cuando el calendario y la disponibilidad no encajan, siempre y cuando se prepare con rigor. Lo demás, salvo en manos expertas y en condiciones controladas, suma peligros.

Quien planea, observa y se mueve con calma, recoge mejores capullos y goza más del proceso. Y ese disfrute es parte de la historia de los vermes de seda, una historia que se escribió hoja a hoja, temporada tras temporada, desde los primeros bancales chinos hasta las cajas de cartón en cocinas mediterráneas. Cuando uno conoce qué comen los vermes de seda y por qué, entiende que la clave está cerca, en el árbol adecuado y en la forma de cuidarlo.